Un chico tímido fue a pasar la tarde en la playa. El pensaba que la playa era un buen sitio para vencer la timidez, y lo cierto es que no paso mucho rato antes de que entablara relación con una chica que estaba jugando con la arena. Hicieron unos castillos juntos. Luego cavaron un hoyo bastante profundo, y ella alegremente le pidió que la enterrara. El obedeció y, siguiendo sus instrucciones, la fue cubriendo de arena hasta que sólo su bonita cabeza quedo a la vista. Unos niños se acercaron a curiosear e hicieron algún comentario simpático. El chico tímido se tumbo junto a ella. Intercambiaron una sonrisa a ras de suelo y la chica le dijo: ’Sácame. Ahora tú’. Los niños les ayudaron a cavar el nuevo hoyo y a recubrirlo de arena cuando él ya estaba en su interior. De golpe se pudo a llover y los niños se dispersaron reclamados por sus madres. El busco a la chica con la mirada, pero también ella había desaparecido. El chaparrón arreció, y la playa se vació de gente en cuestión de segundos. El chico quedo allí, solo bajo la lluvia, enterrado e inmóvil, y se imagino a sí mismo como un balón roto y abandonado. Trato de sacar los brazos, pegados al tronco, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Tuvo que resignarse a esperar.
Siguió lloviendo durante casi media hora y, cuando finalmente escampo, el chico forzó el cuello en dirección a la orilla en busca de algún paseante. Bien pronto empezó a pasar gente. Nadie, sin embargo, reparo en su cabeza y el no tuvo en ningún momento la presencia de ánimo suficiente para pedir auxilio.
Cayo la noche, y el chico perdió toda esperanza de ser descubierto. Se concentro en el rumor de las olas. La marea debía de estar subiendo, y él se acordó de algo que había leído en una novela de aventuras y se imagino ahogándose lentamente. Después se entretuvo mirando el cielo. Al cabo de un rato vio una estrella fugaz y supo que la soledad era no tener al lado nadie a quien comentar una cosa así. Acto seguido, se quedo dormido.
Cuando despertó por la mañana, había ya bastante gente en la playa y varias hileras de hamacas se interponían entre la orilla y el. A su derecha, muy cerca, una chica tumbada sobre una toalla le observaba en silencio. ‘¿Calor?’, preguntó él. Ella asintió con la cabeza, y el comento que ahí dentro se estaba muy fresquito. Luego la chica le ayudó a salir y entre los dos cavaron un hoyo muy profundo para ella. El chico se metió en el mar para quitarse la arena y, cuando se marcho, le dijo adiós a la chica con la mano. Ella, enterrada hasta el cuello, le correspondió con un movimiento de cejas.
Ignacio Martinez de Pisón
lunes, 30 de agosto de 2010
arena
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0 Botellas en el mar
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'El mar es un azar
què tentaciòn echar
una botella al mar.'