miércoles, 23 de febrero de 2011

predica en mi cuerpo

No conozco mujer. Maria le tomo las manos, Asi tenemos que empezar todos, hombres que no conocían mujer, mujeres que no conocían hombre, un día el que sabia enseño, el que no sabia aprendió, Quieres enseñarme tu, Para que tengas otro motivo de gratitud, Así nunca acabare de agradecerte, Y yo nunca acabare de enseñarte. Maria se levanto, fue a cerrar la puerta del patio, luego, juntos, Jesús amparado, como antes hiciera, en el hombro de Maria, prostituta de Magdala que lo curo y lo va a recibir en su cama, entraron en la casa, en la penumbra propicia de un cuarto fresco y limpio. Maria de Magdala llevo a Jesús hasta un lugar junto al horno, donde era el suelo de ladrillo, y allí, rechazando el auxilio de el, con sus manos lo desnudo y lavo, a veces tocándole el cuerpo, aquí y aquí, y aquí, con las puntas de los dedos, besándolo levemente en el pecho y en los muslos, de un lado y del otro. Estos roces delicados hacían estremecer a Jesús, las uñas de la mujer le causaban escalofríos cuando le recorrían la piel, No tengas miedo, dijo Maria de Magdala. Lo seco y lo llevo de la mano hasta la cama, Acuéstate, vuelvo enseguida. Hizo correr un paño en una cuerda, nuevos rumores de agua se oyeron, después de una pausa, el aire de repente pareció perfumado y Maria de Magdala apareció, desnuda. Desnudo también estaba Jesús, como ella lo dejo. Maria se detuvo a lado de la cama, lo miro con una expresión que era, al mismo tiempo, ardiente y suave, y dijo, Eres hermoso, pero para ser perfecto tienes que abrir los ojos. Dudando los abrió Jesús, e inmediatamente los cerro, deslumbrado, volvió a abrirlos, y en ese instante supo lo que en verdad querían decir aquellas palabras del rey Salomón, Las curvas de tus caderas son como joyas, tu ombligo es como una copa redonda llena de vino perfumado, tu vientre es un monte de trigo cercado de lirios, tus dos senos son como dos hijos gemelos de una gacela, pero lo supo aun mejor, y definitivamente, cuando Maria se acostó a su lado y, tomándole las manos, acercándoselas, las paso lentamente por todo su cuerpo, cabellos y rostro, el cuello, los hombros, los senos, que dulcemente comprimió, el vientre, el ombligo, el pubis, donde se demoro, enredando y desenredando los dedos, la redondez de los muslos suaves, y mientras esto hacia, iba diciendo en voz baja, casi en un susurro, Aprende, aprende mi cuerpo. Jesús miraba sus propias manos, que Maria sostenía, y deseaba tenerlas sueltas para pudieran ir a buscar, libres, cada una de aquellas partes, pero ella continuaba, una vez mas, otra aun y decía, Aprende mi cuerpo, aprende mi cuerpo. Jesús respiraba precipitadamente, pero hubo un momento en que le pareció sofocarse, eso fue cuando las manos de ella, la izquierda colocada sobre la frente, la derecha en los tobillos, iniciaron una lenta caricia, una en dirección a la otra, ambas atraídas hacia el mismo punto central, donde, una vez llegadas, no se detuvieron mas que un instante, para regresar con la misma lentitud al punto de partida, desde donde iniciaron de nuevo el movimiento. Maria de Magdala le enseñaba, Aprende de mi cuerpo, y repetía, pero de otra manera, cambiándole una palabra, Aprende tu cuerpo, y el lo tenia ahí, su cuerpo, tenso, duro, erecto, y sobre el estaba, desnuda y magnifica, Maria de Magdala, que decía, Calma, no te preocupes, no te muevas, déjame a mi, entonces sintió que una parte de su cuerpo, esa, se había hundido en el cuerpo de ella, que un anillo de fuego lo envolvía, yendo y viniendo, que un estremecimiento lo sacudía por dentro, como un pez agitándose, y que de súbito se escapaba gritando, imposible, no puede ser, los peces no gritan, el, si, era el quien gritaba, al mismo tiempo que Maria, gimiendo, dejaba caer su cuerpo sobre el de el, yendo a beberle en la boca del grito, en un ávido y ansioso beso que desencadeno en el cuerpo de Jesús un segundo e interminable estremecimiento.

Maria de Magdala, con los senos cubiertos de sudor, el pelo suelto que parecía echar humo, la boca tumida, ojos como agua negra, dijo, No te unirás a mí por lo que te enseñe, pero quédate esta noche conmigo. Y Jesús sobre ella, respondió. Lo que me enseñas no es prisión, es libertad. Durmieron juntos. Cuando despertaron alta ya la mañana, y después de que, una vez mas, sus cuerpos se buscaran y se hallaran, Maria dijo, puedes quedarte, el caso es que quieras. Tu vida, Mi vida, ahora, es tuya, Porque, Te responderé con palabras del rey Salomón, mi amado metió su mano en la abertura de la puerta y mi corazón se estremeció, Y como puedo ser yo tu amado si no me conoces, si soy alguien que ha venido a pedirte ayuda y de quien tuviste pena, pena de mis dolores y de mi ignorancia, Por eso te amo, porque te he ayudado y te he enseñado, pero tu no podrás amarme a mi, pues no me enseñaste ni me ayudaste, No tienes ninguna herida, La encontraras si la buscas, Que herida es, Es esa puerta abierta donde entraban otros y mi amado no, Dijiste que soy tu amado, Por eso se cerro la puerta después de que tu entraras, no se que puedo enseñarte, a no ser de lo que de ti he aprendido, Enséñame también eso, para saber cómo es aprenderlo de ti, No podemos vivir juntos, Quieres decir que no puedes vivir con una prostituta, Si, Mientras estés conmigo, no seré una prostituta, no lo soy desde que aquí entraste, en tus manos está el que siga siéndolo o no, Me pides demasiado, Nada que no puedas darme por un día, dos días, el tiempo que tu pie tarde en curarse, para que después se abra otra vez mi herida, He tardado en llegar aquí, Algunos días no te harán diferente, eres joven aun, Tu también eres joven, Mayor que tu, mas joven que tu madre, Conoces a mi madre, No, Entonces porque lo has dicho, Porque yo no podría tener un hijo que hoy tendría tu edad, Que estupido soy, No eres estupido, solo inocente, Ya no soy inocente, Por haber conocido a mujer, No lo era ya cuando me acosté contigo, Háblame de tu vida, pero ahora no, ahora solo quiero que tu mano izquierda descanse sobre mi cabeza y tu derecha me abrace.

(…)

Jesús se quedo dormido con la cabeza en el hombro de Maria, respirando sobre su seno. Ella permaneció despierta lo que quedaba de la noche. Le dolía el corazón porque la mañana no iba a tardar en separarlos, pero su alma estaba serena. El hombre que descansaba a su lado era, lo sabia, aquel por quien había esperado toda la vida, el cuerpo que le pertenecía y a quien su cuerpo pertenecía, virgen el de él, usado y manchado el suyo. Yo, Maria de Magdala, yo estoy aquí, acostada con un hombre, como tantas veces, pero ahora perdida de amor y sin edad.

El evangelio según Jesuscristo (frag)
José Saramago

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'El mar es un azar
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