martes, 22 de junio de 2010

ser todo en cada cosa

En 1995, Carlos Câmara Leme del periódico Público solicitó a José Saramago un comentario sobre las circunstancias de su primer encuentro con la poética de Ricardo Reis, a propósito de la edición crítica que iba a publicarse del heterónimo más sensible de Fernando Pessoa.

Saramago respondió con un recuerdo de la escuela Alfonso Domingues, que se hallaba entre la iglesia de la Madre de Dios y el asilo de María Pía, un reformatorio juvenil. El Alfonso Domingues era un colegio industrial, con talleres de mecánica, carpintería y cerrajería metálica, pero su programa académico incluía lecciones de física, química, matemáticas, ciencias naturales y, sorprendentemente, de francés y portugués. La literatura era una materia fundamental en esa escuela de los años treinta que, recordaba Saramago, contaba con una amplia biblioteca “oscura y misteriosa”, aunque él prefería acudir a la Biblioteca Municipal del Palacio de las Galveias, situada en Campo Pequeno.

De cualquier modo, el archivo bibliográfico del colegio Alfonso Domingues fue donde se gestó El año de la muerte de Ricardo Reis, ya que, merodeando entre las estanterías, el joven Saramago se topó con un volumen encuadernado de la revista Athena, donde venían las odas de ese enigmático poeta al que, durante un tiempo, creyó un hombre de carne y hueso, ignorante de la verdadera identidad que se escondía tras las galeras.

Años más tarde, por intermedio de una antología de Fernando Pessoa, Saramago penetró con más brío en la obra de Reis. Una oda en particular, se volvió su credo, su moral, su ideología: Para ser grande, sé entero: nada/ tuyo exageres o excluyas./ Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres/ en lo mínimo que haces./ Así en cada lago la luna entera/ brilla, porque alto vive.

Sobre el poema y esa experiencia de lectura, Saramago anotó la siguiente conclusión: “Duró unos años. Hice lo que pude para no quedar atrás de lo que se me ordenaba. Después comprendí que no podían llegarme las fuerzas para tanto, que sólo algunos serían capaces de ser todo en cada cosa. El mismo Pessoa, que fue de verdad grande, aunque con otra manera de grandeza, nunca fue entero… Así pues… No tuve otro remedio que tornarme humano” (Cuadernos de Lanzarote. 1993-1995).

El ideal del todo era la sombra recurrente en su narrativa. En Ensayo sobre la ceguera, por ejemplo, escribe: “si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, si nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla”, y quizá es por eso que José Saramago nunca renunció a expresar sus opiniones sobre la perversidad de los sistemas políticos y la falsa democracia, sobre la marginalidad y la injusticia, postura que le confirió una especie de aura militante pero, también, le acarreó ciertas animadversiones, porque hay gente que considera que los creadores no deben asumir un compromiso.

Saramago concibió una obra donde la catástrofe se cierne lenta, paulatinamente, como un cáncer colectivo: la ceguera, la escisión, la agonía, las trampas de la fe. Su mirada ponía énfasis en las paradojas, los límites de la condición humana, sin hacer juicios deliberados, sin condenar o redimir.

Memorial del convento, Manual de pintura y caligrafía, El Evangelio según Jesucristo, El año de la muerte de Ricardo Reis, Ensayo sobre la lucidez, La balsa de piedra, Casi un objeto, Todos los nombres o Las intermitencias de la muerte, El viaje del elefante, Caín o Historia de Lisboa: En estas y otras historias más, su voz fue el eje de una perentoria reflexión sobre el hombre y su destino, el espíritu y la carne, la infinita trascendencia porque, efectivamente, “Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.

Descanse en paz, maestro Saramago. Como el Fernando Pessoa y el Ricardo Reis de su novela, lo saludamos desde aquí, donde el mar se acabó y la tierra espera…

Iván Ríos Gascón

2 comentarios:

  1. que bonita publicacion has compartido.. estrellita para vos...

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  2. Anónimo15:49

    Gracias por tu publicación :)

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'El mar es un azar
què tentaciòn echar
una botella al mar.'