martes, 25 de mayo de 2010

del otro lado del espejo

Me lance al mar. Te lo conté aquella tarde en que, después de veinte años de no vernos, me llamaste de la nada para tomarnos un café. Compartimos las postales de nuestra memoria y el recuerdo de aquel primer encuentro, fallido, dos décadas atrás. Ya lo ves: los tímidos –tu y yo- tenemos que ser valientes dos veces. ¿Cuántas mas?

Te hable de la inmensidad del océano. De cómo es distinto sumergirse en mar abierto donde no hay nada a que aferrarse, solo el anhelo de explotar, el deseo de fundirse, la necesidad de salir con vida para contarlo. No hay punto de referencia. No existen rocas, playa , litoral. Nada que nos contenga. Solo el vaivén del agua densa, salada; el sube y baja de las olas que llegan en grupos, rodeándote, para ver quien eres y que haces allí, en el mundo en que no somos nada, no somos nadie.

Fue una imprudencia. Pero, ¿cómo perder una oportunidad tan largamente añorada? Sitiados por temores y limitaciones, sometidos por la ambición, solo miramos la cara del espejo que refleja la gelidez de nuestra imagen y pocas veces nos aventuramos a descubrir que se oculta mas allá, del otro lado, en la región del azogue.

El riesgo, dijiste, es el mismo para los dos y, de tu mano, accedí a cruzar el otro lado del espejo. Lo que encontré nadie podría creerlo. Solo tu por que estuviste ahí conmigo. La contundencia de esa inmensidad no puede describirla ningún libro ni captarla cuadro alguno. No es necesario decir mas. Lo que ocurrió queda entre nosotros. Somos los únicos testigos de un tiempo infinito que brillo en un espacio sin fronteras, en una vastedad donde nada era imposible, ni siquiera tu y yo. Te beso toda: tus palabras grabadas en mi mente. Te quiero tanto. Tus palabras inscritas en mi corazón.

Pero es imposible detener la lluvia (contigo se fueron el sol y su calor). Tampoco puede salvarse el abismo que revela la crueldad: la falta di información, como técnicamente lo llamaste después, como si hablaras de un sobre sellado ante notario; como si te refirieras a datos, fechas, compromisos, al nombre de ella; especificaciones solo conocidas por ti, que alteraron para siempre el ritmo de nuestra vida. Cambio la mía, doblada ante el espejo de la realidad. Cambio la tuya, que avanza – del otro lado del océano- en una ciudad de calles elegantes cuyo trazo ella ha de haber vuelto recto para que todos los senderos te conduzcan hasta donde quieres llegar. Cambio la de ella, que ahora te tiene a ti.

En el momento en que cruzabas el océano, el avión que los traía a ti y a ella para desposarla, me paso por encima. Yo era un punto en la inmensidad del mar que atravesabas, ¿qué otra cosa podía hacer sino lanzarme de nuevo a las aguas, en un intento por acallar el rugido de esas turbinas – imparables, enloquecidas, definitivas- con que sellaste el destino de los tres?

En el instante en que –rodeado de ángeles, todos tan distintos- le juraste a ella amor eterno, alce los brazos y, ya sin fuerzas, me entregue a las profundidades. El espejo se hundió conmigo y juntos descendimos, en medio de una bruma azul, envolvente, como la mirada de tu ojo derecho; tersa, como la piel de tu mano izquierda, que tanto me gustaba besar.

En la cadencia de las musas, en el vuelo acuático de los peces, en el color sin engaños de los bosques marinos, encontré la misericordia no hallada en las palabras que, con precisión científica, usaste para explicarme que nada es aleatorio y que el caos tiene su razón de ser.

Caímos y caímos, el espejo y yo, hasta donde ni siquiera el caos pudiera alcanzarnos; hasta donde nos volvimos nada, nadie, otra vez. En estos trópicos las corrientes del mar tienen muy distintas temperaturas. Sus franjas te atraviesan; pueden hacerte pedazos, igual que la fuerza de tu recuerdo y la visión de ese lado del espejo que guarda tu imagen y el murmullo de nuestra contundencia.

Sometido a una desolación indecible, el espejo se fragmento en mil pedazos y el estallido me expulso a la superficie hiriente. Hubiera preferido seguir mi descenso al abismo, descubrir si hay fondo, si existe fin, si en sus entrañas se oculta la respuesta que me libere de esta indefinición llena de sombras. Debe existir alguna clave que me ayude a descifrar el laberinto de recuerdos. Me habría gustado hundirme, saber, aun que no viviera para contarlo; aunque la respuesta se convierta en un secreto, nuestro secreto.
Otro secreto.

Y en vez de saber, sigo aquí, flotando, recubierta por los millones de fragmentos minúsculos en que se convirtió el espejo pero que conserva el fulgor de ese lado oculto en el que estuvimos tu y yo. De día, esa piel de escamas, que reproducen en todas sus astillas la imagen de ese encuentro, me convierte en uno mas entre los infinitos destellos que se compone el mar. De noche, hace que me confunda con un cielo estrellado cuyos designios no comprendo y cuya caligrafía trato de descifrar.

Ignoro si todavía es día seis, si este es el octavo mes. Aquí, a la deriva, poco importa: no existe el tiempo, solo siclos que transcurren de una manera distinta, alargada, silente, casi muda La quietud la rompe el ocasional discurso de las Erinias con su perpetuo afán de sangre. Pero no busco eso. Ninguna venganza,, ningún insulto, ni siquiera la voluptuosidad de la furia lograría acallar mis pensamientos. Falto tanto por hacer, tanto por decir.

A veces pasan flotando junto a mi las ofrendas que las heroidas lanzaron hace dos mil años. En todo este tiempo, se confunden con las innumerables mortales que, como yo, piden misericordia en el amor, sabiduría en el olvido. Y entonces le imploro al Cielo que me ayude a diluirme en el mar; que logre disolver los latidos de mi corazón en la vastedad de este océano; que llegue a su termino esta existencia sin principio ni fin.

Cuando lenta la erosión de las olas acabe por desvanecerme, los oceánicas llevaran consigo las partículas de mi cuerpo, los átomos de mi corazón, las astillas de ese espejo que reproduce hasta el infinito nuestra imagen, y las esparcirán en el caudal de las ríos, en el ímpetu de otras corrientes, submarinas y terrestres.

Por lo pronto, hoy, aquí, indefensa ante tu recuerdo, habito este mundo esférico donde nada es como era antes. Una luz siempre crepuscular vuelve todo curvo, como si los objetos y los seres trataran de contrarrestar un impulso inmenso, pero invisible, aunque suficiente para cambiarlo todo: el peso de tu ausencia.

Y si por accidente – mañana o en otros veinte años- una gota de lluvia cae en tu ojo azul, ojala advirtieras que en esa, como en todas mis lagrimas, hubo algo, hubo alguien: dos amantes que se encontraron del otro lado del espejo.

Laura Emilia Pacheco

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'El mar es un azar
què tentaciòn echar
una botella al mar.'