martes, 5 de enero de 2010

el futuro es ahora mismo

Qué difícil es ver hacia el futuro sin parpadear. El pasado despierta nostalgia, pero no tanto como imaginar el futuro. Por lo menos en mí. Da nostalgia lo que vives tanto como lo que no vivirás. Y entiendes que no debería ser de esa manera. Solemos decir que el futuro es la esperanza, un cuaderno en blanco, una historia que empieza y otros chicles mascados. Pero si creemos que adelante en el tiempo estará una parte de nosotros, es imposible no encontrarse con la zozobra, y parpadear.

Hay una paradoja que se convierte en condena: No podemos desechar el pasado y, por lo tanto, el futuro no es un papel en blanco. Tenemos la opción de no ver hacia atrás, pero el que olvida de dónde viene y se vuelve enemigo de la memoria terminará por caer en los mismos errores, diría José Alfredo. Ver al pasado es un reencuentro con nosotros mismos y eso no siempre es buena noticia. Sin poder renunciar a lo que se va quedando, el futuro se nos plantea como una novedad a medias. Soy yo mismo, más adelante. Es el mismo usted, los mismos nosotros. Así lo veo. Y si el presente carga con tristeza, si viene tan lleno de aflicciones y de sinsabores, ¿así es el futuro? ¿Cómo burlarlo? Ahora que me veo con arrugas, más cansado, menos entusiasta, procuro decirme que el que está allí, en el espejo, es el hombre más joven, el más vigoroso, el menos amargado y menos feo que veré desde hoy y hasta el último día de mi vida. Es la mejor versión de mí. Esto que ven, amigos, se irá por un tobogán; seré la decoloración de mi propia polaroid.

Entonces me repito: disfrútate así como estás. Gástate. No vendrán “tiempos mejores” en esta vida. Esos ya pasaron o pasan frente a ti. Y me dan ganas de ir a todas las fiestas, subirme al Metrobús a diario, al Metro. Me urjo a comerme a mí mismo, en la ansiedad. Me quiero probar cuanto abrigo que vea y acariciar las pieles más tersas y las más ásperas. Entonces me río mucho y lloro, me hinco en soledad para revisar que todavía sé hacerlo; sacudo los muebles, limpio el Jeep, voy al trabajo, me bebo los tragos que más le gustan al paladar, al hígado y a los riñones, mis grandes cómplices. Corro para que no me atrape el viento, salto para que me humille la gravedad, me rasco para confirmar mi piel. Y me entero así que nada de esto es nuevo. El del espejo es el mismo de ayer y mañana perderá algo. No hay manera de evitarlo: la gente como yo se la vive despidiéndose.

Dice Woody Allen que se interesa en el futuro porque es el sitio donde pasará el resto de su vida. Verdad a medias: en realidad es el lugar al que llegaré sin haber sido invitado, y del que ya no regreso. El futuro es inasible: nos llega demasiado rápido. Qué difícil es ver hacia el futuro sin parpadear. Qué ilusión es pensar que puede ser un amigo. El futuro simplemente está allí. Aunque no lo tomes, te llega. Es mi presente: no lo pienso demasiado, no lo busco demasiado. Es otra vez yo, el del espejo, con un poco más de cansancio encima. Es la puerta que se abre a cada paso y se cierra para siempre en cuanto cruzas el umbral. Y nada más.

Alejandro Paez Varela

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'El mar es un azar
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